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Lent

Cuaresma: De la mera resistencia a la transformación

Permítanme comenzar con una pregunta. ¿El año pasado la Cuaresma fue diferente para ti debido a la pandemia? Comencé la Cuaresma del 2020 en serio, con un plan personal de oración, de ayuno y de dar limosna. Entonces, de repente, COVID-19 se desplomó en y sobre nuestras vidas. Desearía decirles que me mantuve firme con todas mis promesas cuaresmales. En cambio, la rutina normal de mi vida se vio interrumpida por la pandemia y mi devoción a mis prácticas cuaresmales también disminuyó. No me siento orgulloso en decir esto, pero me sentí espiritualmente como un flojo.  

Cuando era niño, veía la Cuaresma mayormente como un tiempo de resistencia sombría. Por lo general, renunciaría a algo como los dulces, y luego contaría los días hasta que pudiera volver a disfrutar de mis dulces favoritos, chocolate y regaliz.

En la escuela secundaria, recuerdo vívidamente una homilía del Miércoles de Ceniza en la que el sacerdote nos animó a ver la Cuaresma como una oportunidad de transformación en lugar de mera resistencia. Esta homilía ayudó a cambiar y dar forma a mi vida espiritual. Nos exhortó a utilizar el tiempo cuaresmal sabiamente y como un don para que, después de los 40 días, no regresáramos inmediatamente a nuestros hábitos viejos, sino que buscáramos la conversión y comenzaríamos la vida de nuevo.

En otras palabras, él nos había invitado a reordenar nuestras vidas para que Dios estuviera claramente en el centro. 

Después de su homilía, estaba decidido a no renunciar a algo y luego volver inmediatamente a mis viejos caminos. En cambio, busqué maneras en que mi oración, ayuno y limosna pudieran conducir a un cambio más permanente en mis comportamientos o actitudes para que fueran más como Cristo. 

Desde entonces, algunos años han sido más fructíferos que otros. Como adulto, he experimentado Cuaresmas en los que sentí que el Señor me había acompañado verdaderamente en mi viaje penitencial, concluyendo con un fuerte deseo de amar aún más a Jesús y poner mi fe en acción. Sin embargo, también admito que ha habido años secos en los que mis promesas de Cuaresma se han "apagado," y terminé sintiéndome menos que renovado.

El número 40 es importante en la Biblia. Por lo general significa ser transformado o comenzar de nuevo. Bíblicamente, a veces esos 40 días o años se usaban bien y a veces se malgastaban.

Después que se escaparon de la esclavitud de los egipcios a través de la gracia y la protección de Dios, Él dijo del pueblo de Abraham: "Así que he descendido para librarlos del poder de los egipcios y sacarlos de ese país, para llevarlos a una tierra buena y espaciosa, tierra donde abundan la leche y la miel” (Éxodo 3:8).

Sin embargo, los Israelitas divagaron por 40 años en el desierto antes de que llegaran a la tierra prometida. En lugar de mantener sus ojos enfocados en Dios y su promesa, se distrajeron con su propia desobediencia y duda.  En otras palabras, caminaron con la vista y no por fe.

Por el contrario, Jesús pasó sus 40 días en el desierto de manera muy diferente. Articuló su resistencia a las tentaciones del diablo citando la Sagrada Escritura: "No se vive solo del pan, sino de cada palabra que viene de la boca de Dios" (Mateo 4:4). Jesús reveló que su obediencia y creencia se centraban exclusivamente en Dios. Cuando regresó de esa experiencia, estaba listo para seguir la voluntad de su Padre y comenzar con valentía su ministerio. Como siempre, Jesús nos muestra el camino y nos da el modelo de cómo debemos acercarnos a los 40 días de Cuaresma.

La pandemia y sus restricciones pueden verse como algo que hemos sufrido durante demasiado tiempo y que todavía debemos soportar. Pero la Cuaresma es diferente. La Iglesia nos da este hermoso tiempo – no como un tiempo para subir nuestras manos al aire y rendirnos a nuestras tentaciones – sino como un tiempo de transformación. 

A diferencia del año pasado, cuando mis compromisos de Cuaresma se "apagaron," estoy muy entusiasmado con este Tiempo de Cuaresma como uno de renovación espiritual a través de la oración, el ayuno y la limosna. Los animo también a usar este tiempo como un regalo y buscar maneras de mantener a Dios en el centro de sus vidas. Juntos, unámonos con Cristo y salgamos de estos 40 días a celebrar la alegría de la Pascua con corazones transformados y a seguirlo con entusiasmo tanto en la palabra como en la acción a lo largo de los años futuros.